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Día 103: 1 Reyes 16 al 19

Lee los capítulos 16 al 19 del libro de 1 Reyes (puedes leerlos dando click aquí: 1 Reyes 16-19)

Notas De Estudio

Capítulo 16: Mientras que en Judá predomina el reinado de una sola familia, los descendientes de David, en Israel (reino del norte) las guerras civiles son parte de la historia. La paz entre reinados no es constante ya que muchos reyes son suplantados por rebeldes que terminan acabando con ellos y su familia. Ese es el caso de Basa, cuya maldad era tal que Jehú profetiza un destino terrible para su familia, profecía que se cumple en el reinado de su hijo Elá, quien teniendo dos años en el trono es asesinado por Zimri, quien reino solo siente días pues el ejercito nombró a su general como rey en el campo de batalla mientras este se encontraba en Tirsá. En esa guerra civil otro rey temporal (Tibni) fue derrotado por Omri, quien reinó más tiempo que sus dos antecesores. Omri es el responsable de la construcción de la nueva capital del reino: Samaria. De acuerdo a una inscripción de Mesá, rey de Moab, que datada alrededor del 950 antes de Cristo, Omri fue un rey poderoso que incluso colonizó el norte de Moab. A morir su hijo Acab le sucedió.
Cuando se habla de Acab y de su esposa Jezabel (de nacionalidad fenicia y cuyo nombre significa “aquí está la gloria”, vaya nombre), entramos a un terreno donde la maldad es apoteósica (una “palabrita dominguera” que significa “extremadamente grande”). En sus tiempos, un señor llamado Jiel edificó Jericó, como consecuencia de esto su familia sufrió la maldición que había proferido Josué sobre aquel que reconstruyera la ciudad (Josué 6:26)

Capítulo 17: En este capítulo aparece uno de los personajes centrales en la narrativa bíblica y un profeta importante en el movimiento religioso del reino del norte: Elías “el tisbita”. Aunque no dejó nada escrito, es uno de los profetas más poderosos en la Biblia, poderoso en palabras que eran apoyadas por señales. Elías es uno de los que aparece en la historia de la Transfiguración de Jesús en Mateo 17, y como veremos más adelante: nunca murió, “fue arrebatado.”
Elías (cuyo nombre significa “mi Dios es el Señor”) parece ser el único que se atreve a enfrenta a Acab y a su malvada esposa Jezabel, sus palabras iniciales no son muchas: «Tan cierto como que vive el Señor, Dios de Israel, a quien yo sirvo, te juro que no habrá rocío ni lluvia en los próximos años, hasta que yo lo ordene.» Y luego se oculta hasta que vuelve a reaparecer casi cuatro años después. La conexión de la profecía con agua desafía la divinidad de Baal, a quien se le conocía como el dios de las “aguas frescas y los relámpagos”.
En dos ejemplos de la increíble provisión de Dios, Elías es alimentado por cuervos, luego va a casa de una viuda (el último lugar que irías si querías ser alimentado) precisamente en el país de Jezabel. La viuda tiene poco, aparentemente la sequía llegaba hasta la región de Tiro y Sidón. Elías le recuerda la fidelidad de Dios: “no hay agua”, parafraseo, “pero el Señor promete que la comida no cesará.” Y así fue. El pasaje termina con el hijo de la viuda muriendo y Elías orando para que vuelva a vivir.

Capítulo 18: Al tercer año Elías recibe la orden de volver a Acab. La sequía ha llegado al punto donde el agua se ha agotado y ni siquiera ha habido producción agrícola. Elías sale al encuentro de Abdías, quien era administrador del palacio de Acab y fiel servidor de Dios. Aparentemente, la búsqueda de Elías se había llevado acabo por todas partes y la frustración de no encontrarlo había llevado a Jezabel al punto de matar a todo profeta que tuviese una conexión con el Señor Altísimo. Es aquí donde nos damos cuenta que, a pesar de toda la maldad que caracterizaba al pueblo, Elías no era el único profeta y había gente fiel que seguía sirviendo a Dios.
Elías entonces propone a Acab una “competencia profética”. Cada uno tendrá un altar sobre que pondrá un buey, el Dios verdadero será el que consuma la ofrenda en fuego. Los profetas de Baal son los primeros en turno, Baal tenía la fama de andar de parrandas y quedarse borracho (¡vaya vicio para un “dios”!), así que sus profetas solían cortarse y golpearse para “llamar su atención”, Elías se burlaba de ellos. En el turno de Elías, después de un mensaje conmovedor al pueblo, él reconstruye el altar de Dios que estaba en ruinas, hecho agua sobre el altar y ¡Dios mandó fuego que consumió hasta el agua!
En la euforia del momento todos los profetas de Baal son ejecutados por Elías, quien hora por lluvia hasta que el cielo se nubla.
La historia de Elías nos recuerda que no es siempre “popular” la posición de aquel que sigue a Dios, a pesar de que el pueblo de Dios sigue a otros dioses y anda en otra dirección, alguien que esté nadando contra corriente debe animarse y, actuando en el poder de Dios, llamar la atención de la gente de Dios a reconciliarse con él.

Capítulo 19: A pesar de la victoria el profeta ahora está asustado. Muchos llaman a este pasaje “la resaca de Elías.” Ayer fue un día de victoria, aparentemente ya la gente entendió el mensaje. Pero no es así, al otro día todo vuelve a la normalidad: la gente llenando los templos de Baal ¡cómo si nada hubiese pasado! Elías se rinde, siente conmiseración, y no quiere seguir. Lo que hizo, dice él: “no tuvo resultado”.
“… soy el único que queda con vida, y ahora me buscan para matarme a mí también.” (1 Reyes 19:10). Dios días después le dice: “Levántate. No estás solo. Hay algunas cosas que quiero que hagas.”
¿Puede ser que la conmiseración sea tan grande que nos paralice?
¿Podría ser que enfocados en que un grupo de gente se afirme nos olvidemos de quienes “no han doblado sus rodillas a Baal”?
¿Puede ser que, albergando la ilusión de que gente que amas entienda tu celo y se una a la causa, pierdas la perspectiva?
Yo digo que sí. Pasó con Elías. Pasa con nosotros.
El revolucionario parece derrotado, la revolución parece que no sea, las circunstancias dicen todo lo contrario. Dios dice (sin que parezca que le importe nuestra queja o ansiedad): “Levántate. No estás solo. Hay algunas cosas que quiero que hagas. La revolución será.”
Elías se levanta y cumple con su primera asignación: ungir a su sucesor.
Ante el llamado de Elías, que Eliseo considera como una honra, la actitud de quien lo sucederá es digna de admiración: Eliseo no solo sacrifica los bueyes, sino que usa los arados para leña. Un hecho que grita a voces: NO HAY VUELTA A ATRAS.

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